La piedra mortuoria de Fidel Castro es custodiada por soldados en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago, Cuba
Cuba: a un año del fallecimiento de Fidel
Jueves 23 de Noviembre de 2017
La Habana.-En el cementerio Santa Ifigenia, donde reposan algunos de los personajes más famosos de la historia de Cuba, saben bien cómo ciertos vecinos pueden alterar el mundo de los vivos, aún después de muertos. Citemos un ejemplo reciente. Fidel Castro, el último en la lista de ilustres difuntos, “ordenó” el mes pasado la mudanza del Padre y la Madre de la Patria para acercarlos a la roca que protege las cenizas del expresidente.

Castro no firmó el decreto que autorizó el traslado de Carlos Manuel de Céspedes y Mariana Grajales. Pero la reorganización de las tumbas respondió a uno de los dogmas fundacionales del régimen comunista: la Revolución ha sido una sola, desde la guerra de Independencia de 1868 hasta la encabezada por el fallecido líder en 1959. Solo que ahora ese grandilocuente mito se condimenta con razones pragmáticas: los turistas podrán hacer el tour de las cenizas revolucionarias de manera más expedita.

Nadie puede negar que Castro ejerza todavía una influencia palpable en los asuntos simbólicos de la isla. A un año de su tranquilo paso al mundo de ultratumba, parece menos claro cuánto y cómo ha cambiado la vida de los cubanos ahora que el Padre de la Revolución no vigila.

El fallecimiento del Comandante en Jefe el 25 de noviembre de 2017 no dejó indiferente a ninguno de los 12,5 millones de cubanos (entre residentes y emigrantes). La mayoría no había conocido otro mandatario de Cuba. El destino de cada uno había sido grabado, con mayor o menor dureza, por los designios del Líder Máximo.

Castro dividió a las familias cubanas en revolucionarios y “gusanos”, para luego reconciliarlas cuando necesitó el dinero del exilio; convenció a millones de que la isla podía derrotar a Estados Unidos, ganar guerras en África y producir más azúcar que cualquier otro país; persuadió a sus compatriotas de que la salud y la educación gratuitas valían el sacrificio de ciertas libertades civiles y políticas; concibió un sistema de vigilancia y represión tan efectivo que millones participan en él con inocente entusiasmo, sin remordimiento; inventó una epopeya donde, al final, solo ha quedado la pobreza tenaz.

Las huellas de ese delirio no se han borrado de la existencia de los cubanos.

Analistas y críticos del gobierno coinciden en la lentitud de las reformas económicas iniciadas por Raúl Castro. Pero, ¿cómo se puede acelerar un aparato estatal cimentado durante décadas en el inmovilismo, a imagen de la burocracia soviética, temeroso de que cualquier rendija de cambio termine por derrumbarlo? Fidel modeló a las camadas de funcionarios que controlan la política y la economía cubanas. Si alguna pieza garantiza la continuidad del régimen, es ese ejército de obedientes ‘cuadros’.

Durante los 47 años que Castro gobernó, los cubanos aprendieron el arte de la simulación y el trapicheo. Los cotidianos negocios ilícitos, imprescindibles para sobrevivir, adoptaron un verbo caro a la retórica revolucionaria: luchar. La gente en la isla se mantiene gracias a una capacidad infinita de sacar ventaja de los recursos del Estado y sus leyes.

Nadie dejó de “luchar” cuando el Comandante se retiró en 2006. Tampoco han abandonado la “lucha” tras su desaparición. Porque la salud y la enfermedad del nonagenario político no decidían en los insignificantes asuntillos diarios: la vida o la muerte de aquel no aportaba más o menos comida a la mesa.

Por eso muchos dicen que nada ha cambiado desde el 25 de noviembre. En rigor, la noticia leída por Raúl Castro en la televisión estatal apenas confirmó lo que la realidad afirmaba desde hacía tiempo. Los cubanos ya se habían acostumbrado a su ausencia, a constatar con cada “Reflexión” el deterioro mental del otrora brillante político, a aceptar la decadencia física del exguerrillero. Y a esperar.

El país inmóvil

El cubano de a pie, en voz baja o en prosaicas arengas, se queja de todo y de nada: de las reformas incompletas, de la burocracia, de la corrupción, de los privilegios de la elite comunista, de las mentiras de la televisión, de la escasez, del transporte público, de la calidad del pan, del calor… Sin embargo, en seis décadas de régimen muy pocos se han rebelado. Ningún síntoma en las calles cubanas sugiere que el castrismo caerá ahora que Fidel no está, ni en 2018 cuando Raúl abandone la presidencia, ni después. Al menos en un futuro cercano.

Los más audaces analistas apuntan al Congreso del Partido Comunista, previsto para 2021. Si Raúl dejase también el cargo de Primer Secretario y ante la desaparición natural de la vieja guardia revolucionaria, el sucesor de los Castro podría aventurarse a cambiar el rumbo del país.

El presentido delfín, Miguel Díaz-Canel, pertenece a una generación que nació después 1959, descrita como conservadora por analistas políticos. Ha escalado hasta divisar la cima del poder gracias a su lealtad, discreción y eficacia, según los parámetros del régimen. Ver en este ingeniero de 56 años un remedo caribeño del Alfonso Suárez español exige un exceso de optimismo.

Durante décadas, sucesivas mareas de expertos trataron de vaticinar qué ocurriría tras la muerte de Fidel Castro. Los pronósticos abarcaron del apocalipsis a la más devota ilusión revolucionaria, pasando por una versión del tránsito a la democracia que vivieron otros regímenes autoritarios de Europa y América Latina. Muchos se equivocaron.

Los cubanos de la era de Raúl pueden soñar con un viaje, una casa, un auto… hasta una conexión a Internet. Pequeños “privilegios” que el hermano mayor siempre había ofrecido a la casta gobernante. Pero la vida de los cubanos de adentro sigue controlada por los hilos que el Comandante tejió durante su reinado de casi cinco décadas. Ocupados en la subsistencia, apenas tienen tiempo y ganas de pensar en cómo sería vivir en democracia. Esa, la única palabra que de encarnar en la historia desafiaría el legado de Fidel.
Fuente/Yahoo