"Mi abuela tiene diez años", en la hora del cuento.
Miércoles 27 de Abril de 2011
La Biblioteca Pública de la Casa de la Cultura en Cancún, invita a los niños de 6 a 12 años de edad a participar en la Hora del cuento el jueves 28 de abril a las 5 de la tarde con el cuento “Mi abuela tiene diez años”, cuento de Elena Dreser, ilustrado por Alma Pacheco, publicado por Conaculta.

Como ya es costumbre, la bibliotecaria, señora Isabel Flota Medrano nos adelanta que “-diez-contesta mi abuela cada vez que alguien le pregunta cuántos años tiene”.

“En realidad, es mi bisabuela; aunque prefiero llamarla con una palabra más corta. Vive con nosotros porque mi papa dice que es demasiado mayor para estar sola”.

“Cuando yo era chiquito, la abuela contestaba que tenía quince años. Y, como yo aún no sabía contar bien ni todo lo que se ahora, me parecía perfecto. ¡En mi casa, había una linda abuela quinceañera!”.
“Eso fue hasta que aprendí a conocer el valor de los números. Entonces, ya no me pareció tan perfecto. Sobre todo, cuando entre a la primaria; porque en ese tiempo, la abuela declaraba tener catorce años. Y un año después, comenzó a decir, muy oronda, que tenía trece”.

“Como yo no entendía nada, le preguntaba a mis papás; pero ellos sonreían de lado y se echaban sus acostumbradas miraditas. Una cosa es conocer bien esos gestos, y otra muy diferente es saber que significan. Y si le preguntaba a mi abuela, siempre obtenía la misma respuesta:

- Algún día, lo comprenderás. Quiero aclarar algo importante. Primero, que mi abuela no está mal de la cabeza; al contrario, ella es… brillante. Me enseño a jugar ajedrez, y me ayuda con las tareas de matemáticas, “a la antigua”, como ella dice: sin calculadora”.

“Le encanta jugar conmigo a plantear problemas imaginarios. Dice que si desarrollo el sentido común, podre resolver hasta los problemas más difíciles. Asegura que en vez de aprender de memoria, es mejor razonar; que lo importante no es recordar todo, sino saber dónde y cómo buscar información”.
“También quiero aclarar que yo no me avergüenzo de mi abuela. Quienes me fastidian son las personas que incomodan a los demás con preguntas personales. Aunque reconozco que ciertas respuestas de la abuela llegaron a ser una pesadilla para mí”.

“Si en las fiestas alguien salía con la brillante idea de querer saber la edad de los presentes yo me escondía bajo la mesa para no ver la cara de los invitados cuando mi abuela contestaba muy fresca: -tengo doce”.

“El colmo fue el año pasado dúrate el festejo de fin de clases. No recuerdo a quien se le ocurrió esta necia pregunta. Pero su recuerdo muy bien que allí, frente a las maestras, frente a los otros niños, frente al mundo entero… mi abuela contesto: -¡Once!”.

“Prefiero no aburrir a nadie contando cómo me sentí en aquel momento, ni como me miraron los demás. La abuela siempre dice que debemos encontrar el lado positivo en todo lo que nos sucede…”.
“Después de mucho pensar, encontré el lado bueno de ese terrible día: ¡comenzaban las vacaciones, y no hablaría con nadie de la escuela por largo, largo tiempo!”.

“En cambio, los vecinos siempre andan cerca. Como nuestro jardín se ve desde la calle, y mi abuela se entretiene allí, esto de la edad es tema de cada tarde. –Hola, doña Justina –saluda alguien-. Para su edad, trabaja demasiado. ¿Cuántos años tiene? –Unos diez –contesta mi abuela, mientras continua podando rosales. En cualquier momento, otro vecino se asoma por la reja: - doña Justina le puede hacer mal trabajar agachada. A su edad, debe cuidarse. ¿Cuántos años tiene? – diez –declara ella con su gran sonrisa”.

“Los vecinos se quedan con la boca abierta; pero mi abuela no les presta atención. Claro que a veces, alguien insiste: -¿Esta segura, doña Justina? ¿No será que tiene más? –Si es posible –reconoce ella-, tal vez un par de años más –y sigue arrimando tierra a las lechugas”.
“Estos desplantes de la abuela han sido lo normal en nuestra familia”.
“Y, aunque yo no lograba entender, ya me había resignado a esa normalidad”.
“Hasta que una tarde cuando mi abuela cosechaba frutas, se asomaron por nuestra reja los muchachos rebeldes de la otra calle… Con solo mirarlos, supe que ese momento terminaría en desastre”.

“Yo separaba las frutas en diferentes canastas, por eso vi y escuche todo desde el principio. Aquellos revoltosos se codeaban, aguantando la risa, el más grande pregunto:

-Doña… ¿es cierto que usted tiene diez años? – Más o menos –contesto mi abuela, sin hacerle mucho caso. – ¿Entonces usted y yo somos de la misma edad? –continuo el niño. Mi abuela lo miro largamente, callada, con una casi sonrisa como ella acostumbra a mirar cuando alguien dice estupideces. Dio media vuelta, y se fue hacia el naranjo. Pero el niño asintió: -¡Oiga, doña! ¿De veras usted cree que tiene esa edad? –si lo quieres ver así… -dijo ella, con tono distraído, sin pronunciar ni una palabra más”.

Y… qué creen qué pasó?

Si quieren descubrirlo, vengan este jueves y se los cuentan. La entrada es gratis.
La titular de este cuento, Elena Dreser, es una escritora argentina que vive en la ciudad de Cuernavaca y es considerada una de las autoras de literatura infantil más importantes de Latinoamérica. Le gusta mucho cultivar su jardín, y de esa manera se inspira para escribir sus historias, así como de los numerosos viajes que ha realizado alrededor del mundo. Ha recibido muchos premios. En el año 2007, fue nombrada miembro de la Academia Latinoamericana de Literatura Infantil. Otros de los libros que puedes leer de esta escritora son: Me lo dijo mi almohada, Manuela color canela, la serie Tamara y el arte, y el más reciente, Viaje a las chimeneas de las hadas.